Texto del Pregón de 2019, realizado por D. José Antonio Tutor Rubio, Hermano Mayor de nuestra Cofradía. Tuvo el honor de ser pregonero el último año que nuestra Cofradía ha organizado la Semana Santa turiasonense. Pregón en el que fué muy protagonista la Cofradía y más en concreto su banda de tambores y bombos.
“JESÚS, EL HIJO DE DIOS, MODELO DE HOMBRE”

Agradezco sinceramente la cálida semblanza que el Presidente de la Coordinadora ha hecho de mi persona, de este humilde cofrade que se dispone a anunciar el Pregón de nuestra Semana Santa.
Muchas gracias, querido Juan Carlos.
Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo.
Ilustrísimo Señor Alcalde.
Ilustres autoridades.
Señor Presidente de la Coordinadora de Cofradías y Hermandades de la Semana Santa de nuestra Ciudad.
Consiliarios, Hermanos Mayores y cofrades
Hermanos todos en Cristo:
Es un honor para mí, como Hermano Mayor de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Flagelación, Cofradía a la que la Junta Coordinadora ha encargado este año la organización de nuestra Semana Santa, ser su pregonero.
Es un honor y, también, una gran responsabilidad esta tarea que me dispongo a realizar desde una vivencia personal de lo que representa para un cristiano y un cofrade la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
La primera idea que me vino a la mente al preparar el borrador del pregón me transportó a mi niñez en un pueblecito de la provincia de Soria,
Valdelagua del Cerro, que hasta 1956 pertenecía a esta diócesis nuestra de Tarazona. Era costumbre, por entonces, que la chiquillería del pueblo pregonara por sus calles las sucesivas llamadas a los oficios divinos que se celebraban en Jueves Santo a la voz en grito de: “A mediodía, a apañar la comida” y que terminaba, tras las pertinentes señales, con “A los oficios divinos , 3ª y última señal”.
Nuestros gritos, reforzados con el repetitivo sonido de matracas y carracas que nos construían artesanalmente nuestros padres, suplían por aquellos días el metálico tañido de las campanas, y se hacía así, según nos explicaban nuestras madres y abuelas, en memoria del Cristo clavado en la
Cruz con puntas de hierro; motivo por el que las campanas, también metálicas, debían enmudecer durante unos días en señal de respeto al crucificado.
¡Qué importancia tan grande tienen las tradiciones que se nos transmiten dentro de la familia, especialmente por boca de nuestras madres! Debemos sentirnos orgullosos de nuestras raíces cristianas. Son tradiciones que debemos conservar y, quizás en estos tiempos, también defender.
Las campanas, los latidos del corazón del pueblo, volverán a voltear al viento anunciando fuego en los campos, funerales, bodas, ritos y las alegrías del pueblo que, como el Domingo de Ramos, recibe entusiasmado a Jesús en Jerusalén.
La Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén.
Jesús, el Mesías, entra montado en un sencillo borrico en Jerusalén ante un pueblo que, alfombrando su camino con mantos y con ramas, lo aclama al grito de: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el rey de Israel!” (Jn 12:13-15)
El pueblo aclama a su Mesías y Jesús acepta ese baño de multitudes siendo consciente de que ese mismo pueblo va a pedir a Pilato que lo crucifique.
Más de uno se hubiera aprovechado de la situación para sacar provecho para sí y los suyos, se hubiera dejado querer por el gentío y, antes de que peligrara su integridad, se hubiera marchado lo más lejos posible de la ciudad.
Jesús, el hijo de Dios Padre, no lo hizo.
Conocedor de su misión, Jesús es un hombre consecuente, íntegro, leal que tiene muy claro cuál es el papel encomendado por el padre: el grano de trigo debe morir para dar fruto; sabe que los cánticos y las palmas del
Domingo de Ramos son un preludio del sufrimiento en el Monte Calvario. Y Jesús lo acepta, no huye,… porque Jesús no busca servirse del pueblo y salvarse, sino que busca salvar a los hombres. Es consciente de que no ha venido a este mundo para ser servido sino a servir y dar su vida por los demás. “…Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22:27).
¡Qué necesitados estamos hoy en día de hombres que, como Jesús, antepongan su deber a su interés personal, a su “ego”!
Pero el hombre es débil y las tentaciones, en una sociedad tan hedonista como la nuestra, muchas. ¿Dónde podemos encontrar la fuerza que nos ayude a ser hombres como Jesús? ¿Cuál es su secreto?
La fuerza la encuentra Jesús en la oración a su padre: “¡Abba, Padre! Todo te es posible. Aparta de mí esta copa de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú!” (Mc 14,36).
Y Jesús se retiró a orar.
La Cofradía de Nuestro Señor en la Oración del Huerto.
Jesús, tras la última cena y sabiendo que Judas lo va a traicionar, se retira al huerto de Getsemaní a orar. Jesús se retira en soledad, analiza sus sentimientos y emociones y, sobre todo, se pone en manos de su padre: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Jn 22:42).
Jesús ora.
El hombre actual tiende a considerar que la oración es algo trasnochado y suele sustituirla por otras actividades psicológicas que pueden ayudarnos a conocernos mejor a través de la interiorización pero que se olvidan de las enseñanzas vitales que nos ofrecen los evangelios. Es la dicha de quien, como dice Fray Luis de León, se retira y…
“con sólo Dios se compasa y a solas su vida pasa ni envidiado ni envidioso”.
Jesús encuentra en la oración la fuerza necesaria para vencer las tentaciones del diablo: “todo esto te daré si postrándote me adoras”…..
«¡Vete, Satanás!» – le replicó Jesús- “Adora al Señor tu Dios y sírvele solamente a él”. (Mt 4,9-10)
Y nosotros, ¿a quién adoramos? La corrupción económica y política, el enriquecimiento rápido a cualquier precio, la envidia, la violencia, el poder, el machismo, las falsas apariencias, las mafias de la emigración…. son tentaciones ante las que el hombre actual no puede quedarse dormido:»¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».(Lc 22,46)
Jesús podía haber caído en la tentación y evitar el sufrimiento que sabía que iba a padecer en la flagelación y posterior crucifixión, pero no lo hizo: siguió siendo consecuente consigo mismo y cumpliendo lo que estaba escrito.
Su integridad, sus enseñanzas, sus actuaciones no dejan de sorprendernos aún hoy en día y, en su época, provocan muchos recelos y envidias entre los sumos sacerdotes, ancianos y escribas que lo denuncian ante Pilato: “Hemos encontrado a este alborotando a nuestro pueblo,
prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es rey” (Lc,23, 2).
Y Jesús, el Rey de los judíos, es apresado y llevado ante la justicia.

La Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Flagelación.
El pueblo judío que lo vitoreó el Domingo de Ramos, manipulado por sus propios sacerdotes, exige a Pilato que administre justicia y Pilato lo mandó azotar y lo presentó al pueblo pensando calmar así a la muchedumbre que prefiere liberar a Barrabás y pide la muerte para Jesús: “¡Crucifícale!, ¡crucifícale!” Pilato, temiendo posiblemente una revuelta, se lava las manos y les dice: “Tomadle vosotros, y crucificad{le,} porque yo no encuentro ningún delito en El”. (Jn 19,4-6)
Jesús, flagelado y coronado de espinas (el Ecce Homo), es entregado a su pueblo para crucificarlo. ¿Cómo se tuvo que sentir Jesús presentado así ante su pueblo?
Hoy sería impensable semejante castigo corporal; no obstante, el Xto de la Flagelación se actualiza día a día en nuestras vidas; ya no hay látigos que nos fustiguen; sin embargo, el hombre de hoy también es flagelado por la enfermedad, por la envidia, por el paro, por la soledad, por el acoso, el bulling, por la ausencia o la muerte de un ser querido.
Estas situaciones nos provocan un gran dolor que es más llevadero si lo ofrecemos a Jesús flagelado, cargado con la Cruz camino del Calvario; si lo compartimos con el Nazareno.
La Cofradía del Santísimo Cristo del Consuelo y Santa
María Magdalena.
Jesús el Nazareno inicia el camino hacia el calvario entre los desprecios y mofas de parte de su pueblo y el silencio consentido del resto. Y María Magdalena va acompañando a Jesús en su Pasión junto con un grupo de mujeres que se golpeaban el pecho y sufrían por Él. “Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí. Llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.” ( Lc 23,28).
La preocupación y la defensa de la mujer son evidentes en Jesús y nada políticamente correctas para su época:
- Jesús, judío, pide en el pozo de Sicar agua a una mujer pecadora y samaritana (los judíos y samaritanos no se trataban): “¿Cómo es que tú, siendo judío te atreves a pedirme agua a mí? ( Jn 4:9).
- La mujer adúltera que va a ser lapidada y que se asocia a menudo con María Magdalena (Juan 8:1-11) y a quien Jesús perdona sus pecados: “Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar.”(Jn 8:11)
- La defensa de la mujer pecadora pública que lava y perfuma los pies de Jesús en casa de Simón el fariseo: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”. (Lc 7:50).
Y Jesús sigue su camino hacia el Calvario ayudado por Simón de
Cirene, el cirineo.
La Cofradía del Silencio del Santísimo Cristo del Rebate.
Nunca fue tan locuaz el silencio, expresión emotiva del lento caminar de sus cofrades atados por ásperas cuerdas a sus fajines de esparto; silencio solo roto por un monótono y espaciado toque de tambor y el ronco sonido metálico de las chirriantes cadenas que arrastran los ensacados.
Es el silencio que nos habla para que despertemos del engaño en el que estamos sumidos. Desengañémonos y aprendamos la realidad de la vida, como ya nos advertía en sus versos el gran Quevedo:
“Vivir es caminar breve jornada y muerte viva es, Lico, nuestra vida, ayer al frágil cuerpo amanecida, cada instante en el cuerpo sepultada”
El silencio de la desnuda calavera del ensacado nos recuerda lo que realmente somos: seres caducos a quienes la muerte está acechando aunque prefiramos, igual que el don Juan de Tirso de Molina, ver la muerte como algo lejano porque solo queremos vivir el presente: “¡Cuán largo me lo fiais!”, respondía el burlador a quienes le recordaban que al final de su vida debería rendir cuentas de su conducta.
La muerte nos invita a todos a bailar su macabra danza. Debemos estar preparados, como nos avisa Diego de Torres Villarroel, para semejante baile:
“Ella va y viene, y nos está esperando, y ya que nos oculta cómo y dónde, estemos prontos para siempre y cuándo.” Y Jesús es crucificado.
La Cofradía del Santo Cristo de los Afligidos.
Jesús es clavado a la cruz y, con sus brazos abiertos, nos acoge y nos perdona: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”(Lc 23:34).
Jesús, como el grano de trigo, muere voluntariamente para salvarnos a todos y redimirnos desde la Cruz que se convierte así en el símbolo del cristiano, en el madero al que todo náufrago se agarra para no ahogarse en su mar de tribulaciones.
“En la Cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo”.
Y a los pies de la Cruz, en silencio, llena de dolor y con lágrimas en sus ojos, acompañando al hijo en su agonía, se encuentra María, la madre Dolorosa.
La Cofradía de Nuestra Señora Virgen de los Dolores.
Estaba la dolorosa junto al leño de la cruz
¡qué alta palabra de luz! qué manera tan graciosa de enseñarnos la preciosa lección de callar doliente.
(…) María estaba, sencillamente.”
(José Mª de Pemán)
María, sencillamente ( nos recuerda Pemán ), en silencio, acompaña a Jesús, a su hijo. Cuántas madres sufren en silencio por sus hijos, por la familia… La madre siempre está ahí acompañando al hijo, sufriendo por él.
Las madres de hoy en día también sufren cuando ven a sus hijos desorientados en un mundo insolidario, cuando pierden a sus hijos e hijas por culpa de las drogas, por las enfermedades, por accidentes, por culpa de monstruos asesinos que siegan las ilusiones de tantas vidas todavía en flor.
¿Tan grande es el corazón de una madre que da cabida a tanto sentimiento?
Y Jesús, suspirando, se encomienda a su Padre: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23.46) .
La Hermandad de Nuestra Señora de la Piedad.
Con qué cariño y ternura nuestra madre piadosa acoge en su regazo al hijo yacente.
Nuestra Señora de la Piedad. Una de las mejores tallas de la Semana Santa turiasonense no solo por su hechura sino también por el sentimiento que nos transmite al admirar cómo María recoge el cuerpo sin vida de su hijo con esa mirada tierna a la mano inerte que apoya con delicadeza en la suya.
¡Cuánta emoción contenida en la contemplación de esa imagen!
Es curioso, pero, al apreciar la expresión dulce y serena de sus rostros, la escena no provoca en nosotros dolor sino paz.
Cerca de donde fue crucificado había un huerto y en éste, un sepulcro nuevo donde fue colocado el cuerpo sin vida de Jesús.
La Cofradía de las siete palabras y del Santo Entierro.
Los alabarderos romanos que han montado guardia a los pies de la cruz son los encargados de custodiar su cuerpo una vez cerrado el sepulcro. Es la procesión del Santo Entierro a la que el resto de Cofradías se subordinan acompañándola todos los viernes santos para honrar y adorar al Cristo que yace en la cama.
Jesús muere y en él recordamos a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, a aquellas personas que han perdido la vida huyendo de las guerras o buscando una vida más digna en nuestro mundo. En el Cristo yacente viven nuestros muertos.
Jesús, el hombre justo, íntegro, que defiende a la mujer, que se desvive por los más necesitados, que defiende la igualdad entre todos los hombres, que sacrifica voluntariamente su vida por los demás,…….. muere.
¿No bastaría este perfil humano para convertir a Jesús en el guía espiritual que tanto necesitamos todos y, especialmente, nuestros jóvenes?
El hombre muere pero Jesús, en su condición divina, el hijo de Dios Padre, resucitará al tercer día como habían anunciado las escrituras.
La Cofradía de la Resurrección del Señor.
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,5-6).
La Resurrección del Señor es la fiesta grande y razón de ser del cristiano. Jesús ha resucitado, vive entre nosotros y guía a sus ovejas como buen pastor que es.
Jesús resucitado se manifiesta al hombre actual de diferentes maneras: cuando vencemos una dura enfermedad, cuando vemos al hijo pródigo que endereza su vida, cuando los nietos alegran la vejez de sus abuelos, cuando el amor de los seres queridos nos ayuda a seguir luchando por la vida,…
La Resurrección es alegría, es el colofón a la semana grande del cristiano que celebra la Pasión, Muerte y la Resurrección de Jesús.

Las cofradías tenemos la satisfacción, y también la responsabilidad, de anunciar estos hechos. Nuestras procesiones (realizadas con el respeto y la devoción que las mismas requieren) son un buen escaparate de nuestra fe y permiten a quienes contemplan nuestros pasos recordar y revivir la Pasión, la Muerte y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Es necesario también que no solo vivamos nuestra fe durante estos días sino que nos sintamos además cofrades durante el resto del año, que todos los días resucite Jesucristo en nuestros corazones y seamos testigos y ejemplos a imitar para quienes nos rodean.
Cada vez más nuestra sociedad necesita, como Tomás, ver para creer. Las cofradías debemos mostrar a Jesús, hacerlo vivo con nuestras vidas para que todos vean en nosotros a Jesús y viéndolo crean y puedan decir, también como Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28)
La Semana Santa quiere recordar la existencia de Jesucristo. Los cofrades somos cristianos comprometidos que con nuestros tambores, cornetas y bombos llevamos por las calles nuestros pasos para dar la noticia de que Jesús está entre nosotros.
Os invito a vivir la Pasión de Xto participando como cofrades o asistiendo como respetuosos fieles a los actos organizados, a las distintas procesiones, al Santo Entierro del Viernes Santo, al encuentro de María con el Resucitado.
Os invito a defender y a transmitir nuestras tradiciones, nuestra fe,….
Y, sobre todo, os invito a que resucitéis con Xto el día de la Pascua.
¡Tocad, cofrades!

Tocad los tambores y bombos, suenen las trompetas, canten jotas y saetas para anunciar que se acerca nuestra Semana Grande, nuestra fiesta:
“ANUNCIAMOS TU MUERTE, PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN. VEN
SEÑOR, JESÚS.”
Que la música de nuestra banda de tambores y bombos, plagiando a Fray Luis de León en su “Oda a Salinas”, haga que nuestra alma se eleve hasta el cielo…
«y oiga allí otro modo de no perecedera
música, que es de todas la primera.”
¡Tocad, cofrades!

